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martes, 22 de agosto de 2017

CENIZOS Y LAGUNEROS: HISTORIAS OPUESTAS

  Corría el año 1993, cuando aquel grupo de ornitólogos pertenecientes a la sección de zoología de Adenex, realizamos el primer censo regional de Aguiluchos en Extremadura, cuyos datos vieron la luz en el Congreso de Aguiluchos celebrado en Orellana la Vieja en 1995.
  Los datos correspondientes a las dos especies de aguiluchos  en la región, hablaban muy claramente de dos situaciones opuestas, los cenizos campaban por buena parte de nuestro territorio, el censo que abarcaba algo menos del 50% de las áreas adecuadas aglutinaba cerca de 600 parejas, estimándose el número real en una cantidad superior a las 1000 parejas.


  El Lagunero apenas empezaba a verse por la región fuera de época invernal, comenzaba una nueva andadura reproductora en Extremadura, y precisamente en el entorno de Orellana se localizaban las primeras 5 parejas reproductoras en los años 1993 y 1994.
  Un cuarto de siglo atrás, esta era la situación, aunque en el cenizo ya se observaba una importante problemática derivada de la siega mecanizada, pero aún no eran pocos los años de primaveras lluviosas que permitían buenos datos de reproducción, eso sí, ya irreversiblemente ligados a campañas de salvamento de nidos y pollos. Los laguneros eran testimoniales, los cultivos de regadío aún no habían aumentado en una forma exagerada, y la especie campaba mucho más en época invernal.


  2006 es la fecha del censo nacional de Aguilucho cenizo, realizado en la comunidad de Extremadura por el Grupo Extremeño de Aguiluchos, en esta ocasión el censo es realizado nuevamente en el 50% de la región, precisamente donde se hacen campañas de conservación por parte de dicho grupo, y el resultado final próximo a las 800 parejas, estimándose nuevamente en más de 1000 parejas el censo real, nos indica una gran estabilidad de la especie, fruto de las intensas campañas de manejo realizadas por el GEA y financiadas por la Junta de Extremadura, con un voluntariado fuerte y muy implicado, si bien las mil parejas que se estimaron parecían excesivas en tanto en cuanto es una especie que en las zonas donde no se realizan campañas de manejo y salvamento, no prospera.  El Aguilucho lagunero por esas fechas, continúa una línea ascendente ya imparable, su distribución es como una mancha de aceite que se va repartiendo por muchos puntos de la región, rondando el centenar de parejas.
  La última década fue demoledora para los cenizos, igual que otras especies ligadas a los medios esteparios su derrumbe fue manifiesto, las poblaciones se atomizaron en los últimos reductos donde coincidían medios esteparios aún bien conservados junto con intensas campañas de conservación; desapareciendo en aquellos lugares donde no se conjugaron ambos aspectos, unas veces derivado de los cambios del secano a regadío, o incluso su transformación en enormes centrales termosolares o fotovoltaicas; buena parte de la provincia de Cáceres quedo al margen del voluntariado para los manejos de la especie, con la consiguiente rarefacción y casi extinción de los cenizos. También asistimos a los coletazos del cambio climático, con cada vez más frecuentes primaveras secas, que conllevan muchos aspectos negativos para la especie: presión predadora, aumento del henificado y siegas tempranas, temperaturas elevadas con inusitadas mortandades de pollos en nidos, falta de recursos alimenticios, aprovechamiento intensivo de las rastrojeras…


   La política conservacionista de la Junta de Extremadura es totalmente inadecuada, dando bandazos e improvisando formulas poco atractivas para los agricultores/ganaderos , y poco beneficiosas para la especie, tal vez esperando que la especie se encuentre al borde de la extinción para actuar con sentido común (paradójicamente el menos común de los sentidos en los que gobiernan nuestro medio ambiente).
  El Aguilucho lagunero, al amparo de la imparable creación de nuevos regadíos, se expande notablemente, criando en charcas ganaderas y de riego, cunetas y charcones al borde de canales y acequias, riberas fluviales de ríos y arroyos, cultivos de cereal, franjas de vegetación palustre repartidas aquí y allá al amparo de las frecuentes perdidas de agua de riego…, muchos de ellos en aumento, y con perspectivas desmesuradas de crecimiento. La mayor frecuencia de primaveras secas incluso parece beneficiarlos al evitar fluctuaciones importantes en los niveles de agua. Sin duda se está convirtiendo en una de las rapaces más abundantes en buena parte de Extremadura donde campan los cultivos de regadío.



  2017 es el resultado final de toda la coctelera de circunstancias anteriormente descrita, un año de sensaciones amargas con los cenizos, con un mes de junio que quedara en el recuerdo por la impotencia que produce visitar los nidos manejados de la especie viendo muchos pollos y jóvenes muertos por la inusitada ola de calor, un desencanto por parte de los agricultores y propietarios por la falta de ayudas adecuadas para la conservación de aves esteparias; la sensación final de ver que se nos acaban las aves esteparias por causas evitables y por otras que de momento no tienen solución como es el cambio climático. Los laguneros tuvieron un buen año por aquí, de los mejores que conozco, los cenizos el peor; luego los censos seguirán hablando de cómo el lagunero doblo su número de parejas  y como el cenizo se redujo a la mitad, a fin de cuentas:  suma, resta  y sigue.


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